Un atlas de la polarización en España
Entre la crispación del debate público y la resistencia de la convivencia cotidiana: un análisis detallado de cómo se estructura la polarización en España en 2025
Cada día hablamos de polarización. Aparece en titulares, tertulias y redes, y acaba, inevitablemente, en la conversación de sobremesa. La polarización se ha convertido en el ruido de fondo de nuestra vida pública y también en una presencia incómoda en la vida privada. En estas fechas, cuando la Navidad nos reúne alrededor de una mesa, esa tensión se nota aún más: uno de cada cinco españoles vivió una discusión fuerte en las cenas de Nochebuena o Nochevieja del año pasado. La política, incluso sin invitación, siempre encuentra la manera de aparecer.
Y esa incomodidad no se limita a las fiestas. Para muchos, hablar de política se ha vuelto un terreno minado: uno de cada cuatro españoles se ha sentido atacado o ha tenido una discusión fuerte por expresar sus ideas y un 14% ha roto una relación familiar o de amistad en el último año por motivos políticos. No sorprende, entonces, que seis de cada diez prefieran evitar el tema para no discutir. La autocensura se ha convertido en una respuesta rutinaria a este clima.
Pero para entender qué hay detrás de estas experiencias, hace falta levantar la mirada. La palabra “polarización” se usa tanto que corre el riesgo de volverse borrosa. Por eso hemos elaborado el Atlas de la Polarización 2025, un estudio que busca ordenar el ruido y distinguir sensaciones de realidades.
Descárgate la presentación completa del Atlas de la Polarización 2025 y el cuestionario y los microdatos de la encuesta que hemos realizado
En este atlas analizamos cuatro dimensiones -cómo percibimos la división, cómo nos situamos ideológicamente, cómo nos sentimos hacia quienes piensan distinto y cómo todo ello afecta al sistema político- para ofrecer un mapa más claro y matizado. Solo así podemos comprender qué está pasando, dónde están los riesgos y, sobre todo, qué espacios de encuentro siguen existiendo. A continuación, resumimos algunas de las tendencias que hemos identificado.
Polarización percibida: un país que se siente dividido, pero no roto
La primera capa de la polarización no es la división real, sino la sensación de división: cómo creemos que está el país. Y el resumen es que la percepción de división se ha intensificado con el tiempo. La mayoría de los españoles describe a España como un país “muy” o “algo” dividido, una impresión que crece desde 2021. Solo hubo un respiro tras la DANA de 2024, cuando un momento de vulnerabilidad compartida reforzó temporalmente el sentimiento de unidad.
Aun así, hay un dato que invita al optimismo: seis de cada diez personas creen que las diferencias siguen siendo salvables. La sociedad se percibe estirada, pero no fracturada. Eso sí, las percepciones varían: los mayores son los más confiados y los votantes de los extremos (Podemos y Vox) tienden a ver un país más disgregado.
Si la gente siente división, la pregunta es inevitable: ¿quién consideran que la alimenta? El patrón es claro. Primero, redes sociales y medios, que dejan de ser simples plataformas informativas para convertirse en espacios donde el conflicto se amplifica. Después, los actores políticos: Vox, PP, PSOE y el Gobierno. En conjunto, la ciudadanía mira hacia arriba, al ecosistema político y mediático, más que hacia sí misma a la hora de buscar responsables.
Cuando pasamos a nombres concretos, el patrón se refuerza: Santiago Abascal y Pedro Sánchez encabezan la lista de figuras percibidas como más polarizadoras, seguidos de Isabel Díaz Ayuso y, a mayor distancia, Carles Puigdemont. Las respuestas se ordenan casi simétricamente por bloques: la izquierda señala a dirigentes de derechas y la derecha a líderes de izquierdas. Pero hay un matiz importante: en todos los partidos existe una minoría relevante que reconoce que su propio líder también contribuye a la polarización. No es mayoría, pero sí una señal de que la sociedad no es tan tribal como a veces se presenta.
Un país en dos bloques: la polarización ideológica
Hasta ahora hemos hablado de percepciones, pero para saber si España está verdaderamente dividida conviene mirar los datos. La polarización ideológica, es decir, cómo se distribuyen las posiciones a lo largo del eje izquierda–derecha, es la primera medida objetiva de esa distancia.
El atlas utiliza el índice de entropía ideológica1, que resume cuán dispersas están las autoubicaciones ideológicas de los encuestados. El resultado es claro: España es uno de los países más polarizados de Europa occidental, con un valor de 0,628, superior al de Alemania, Francia o Italia. Esto significa que la escala está más estirada y hay menos personas en el centro. Mientras otros países concentran a la población en posiciones intermedias, en España ese espacio es más estrecho.
A esta mayor dispersión se suma otro rasgo característico. La distribución por partidos dibuja dos bloques muy definidos: los votantes de PSOE, Sumar y Podemos se concentran en la izquierda, mientras que los del PP y, sobre todo, los de Vox se agrupan en la derecha. Apenas hay solapamiento entre ambos espacios. A diferencia de Francia o Alemania, donde los electorados se mezclan más, en España las posiciones se ordenan de forma mucho más clara por bloques.
Cuando se analizan temas concretos, dos destacan como los más divisivos: la inmigración y el modelo territorial. En ambos, las posiciones de los electorados se alinean casi de manera perfecta con su bloque político. PP y Vox adoptan posturas más restrictivas, mientras que Sumar y Podemos se sitúan en el extremo opuesto. El PSOE ocupa posiciones intermedias, aunque más próximas al bloque progresista. Aun así, incluso en estos temas persisten amplios puntos de encuentro. Por ejemplo, sabemos que el apoyo a la inmigración legal y controlada es muy amplio entre la sociedad española y que hay una mayoría social que todavía ve en la inmigración más como una oportunidad o una necesidad que como una amenaza.
Existen, también, ámbitos de amplio consenso: la defensa de los servicios públicos, la educación, la fiscalidad progresiva o, de manera llamativa, el cambio climático. De hecho, una idea que siempre mencionamos es que no existe una España progresista pro-clima y otra conservadora negacionista, como a veces se sugiere. El votante de centro-derecha es mayoritariamente favorable a las políticas medioambientales, y el votante de Vox no es tan contrario a ellas como suele asumirse.
La polarización afectiva: cómo nos sentimos hacia los votantes de otros partidos
Si la polarización ideológica nos dice qué pensamos, la polarización afectiva revela cómo nos sentimos hacia quienes votan de otra manera. Esta dimensión es especialmente relevante porque no solo condiciona la vida política, también influye en la convivencia cotidiana. Explica por qué algunas conversaciones se tensan, por qué ciertos temas se vuelven intocables y por qué relaciones que parecían sólidas empiezan a enfriarse cuando aparece la política.
Los datos muestran un patrón claro. Los simpatizantes del PP y, sobre todo, de Vox expresan los sentimientos más negativos hacia el resto de electorados, con valoraciones medias más bajas que las de votantes de Podemos, Sumar o PSOE. Las emociones más intensas se dirigen hacia Bildu y Podemos, que son los partidos peor valorados entre la derecha. En el otro extremo, quienes apoyan a Podemos, Sumar o PSOE también muestran rechazo hacia Vox y PP, aunque sus valoraciones hacia el resto de partidos son bastante más cálidas y heterogéneas. Fuera de PP y Vox, JxCat es el partido que recibe las peores valoraciones, lo que indica que las emociones políticas en España siguen no solo ejes ideológicos, sino también territoriales.
Más allá de las emociones, el atlas muestra que el clima político también se refleja en los círculos sociales. No hablamos todavía de causas y efectos, sino simplemente de cómo son las redes de amistades en España. Para medirlo, pedimos a los encuestados que describieran la composición ideológica de su grupo de amigos y que indicaran si tenían al menos un amigo que apoyara a cada partido relevante. Esto permite observar hasta qué punto la diversidad política entra en la vida cotidiana.
La mayoría de los españoles se mueve en entornos relativamente afines, aunque no completamente homogéneos. En conjunto, un 14% afirma que casi todos sus amigos piensan como ellos y un 34% dice que la mayoría comparte sus ideas. Otro 34% describe entornos bastante diversos y un 12% indica que sus amistades incluyen incluso posturas opuestas. Las diferencias por partido son claras. Los votantes de Vox tienen los círculos más homogéneos, mientras que los de Sumar presentan los entornos más diversos. PP y PSOE se sitúan en posiciones intermedias, con redes mixtas pero menos plurales que las de la izquierda no socialista.
Si observamos qué partidos están presentes en esos círculos, el patrón se refuerza. Sumar y Podemos cuentan con los entornos más heterogéneos, ya que más de la mitad de sus votantes tienen amistades que apoyan al PP o al PSOE. Vox, por el contrario, muestra los niveles más bajos de contacto con simpatizantes de otros partidos. PP y PSOE vuelven a ocupar posiciones intermedias. En conjunto, las amistades políticas no se distribuyen de manera uniforme y algunos electorados viven en contextos mucho más variados que otros.
De esta parte del estudio emerge una relación sólida: cuanto más diverso es nuestro entorno social, menor es la polarización afectiva. No sabemos si la diversidad reduce la polarización o si quienes son menos polarizados buscan entornos más variados, pero ambas dimensiones están estrechamente conectadas. Lo que sí indica el atlas es que ambas dimensiones están estrechamente conectadas y que la forma en que nos relacionamos sigue siendo una pieza central para entender el clima político y social del país.
Polarización sistémica: el coste institucional de la división
Llegados a este punto, conviene recapitular: los ciudadanos perciben división, pero la consideran manejable; hay una brecha ideológica clara, pero la convivencia cotidiana resiste; las emociones políticas están presentes, pero no dominan todas las relaciones.
El diagnóstico cambia cuando miramos al sistema político. Una mayoría de ciudadanos cree que la polarización entre partidos es tan profunda que impide abordar los problemas del país. No estamos en los niveles de bloqueo que perciben los estadounidenses, pero la desconfianza hacia la capacidad de acuerdo es evidente.
Cuando se pregunta por la colaboración entre partidos, aparece un contraste interesante. Dentro de cada bloque ideológico, una parte importante de la población cree que hay cierta cooperación y desea que la haya. El panorama cambia al hablar de acuerdos entre bloques. Aunque los apoyos son menores, existe un segmento significativo de ciudadanos que vería con buenos ojos pactos hoy impensables en el clima político actual. Las combinaciones como PSOE–PP o incluso PP–Sumar reciben apoyos que rondan entre el 30% y el 50%. La gran excepción es Vox, cuya integración en acuerdos fuera de la derecha es rechazada por prácticamente todos los demás electorados.
El atlas también muestra que la polarización afectiva limita la disposición a pactar. Cuanto más rechazo sienten los ciudadanos hacia los votantes del otro bloque, menor es su apoyo a acuerdos transversales. Y quienes mantienen sentimientos más templados hacia los demás partidos son, precisamente, quienes muestran mayor apertura a la colaboración. No sabemos si las emociones dificultan los pactos o si la falta de pactos alimenta esas emociones, pero ambas dinámicas se refuerzan mutuamente. La distancia emocional se convierte en distancia política, y la distancia política amplifica la emocional.
Una reflexión final
El recorrido por las distintas capas del atlas deja una imagen más matizada de la que solemos ver en el debate público. Sí, la ciudadanía percibe división, y en muchos casos la vive: discusiones familiares, tensiones en redes, prudencia al hablar. Sí, existe una clara separación ideológica y una distancia afectiva entre bloques. Y, aun así, la convivencia cotidiana resiste mejor de lo que creemos. La mayoría piensa que las diferencias son superables, mantiene amistades con personas que votan distinto y se reconoce capaz de tener conversaciones respetuosas.
El problema aparece sobre todo en el sistema político, donde la percepción de bloqueo es mayor y la desconfianza crece con más rapidez. Para muchos ciudadanos, las divisiones entre partidos son ya tan profundas que impiden abordar los problemas del país. Esta sensación no es menor, pero tampoco estamos en el nivel de parálisis que se observa en Estados Unidos, y en varios indicadores aún se aprecia cierto margen para el acuerdo.
Los datos del atlas muestran, en definitiva, que la polarización no es un fenómeno único ni inevitable. Sus distintas capas —percepción, ideología, afectiva y sistémica— no avanzan siempre al mismo ritmo.
Hay un último aspecto clave: la polarización no solo se observa, también se alimenta. Aunque la ciudadanía señala a partidos, medios y líderes como responsables, también existe cierta conciencia de responsabilidad propia. Cada conversación, cada gesto y cada reacción contribuye a tensar o a relajar el clima.
Porque en la esfera personal, en la vida pública y en las instituciones, la forma en que interactuamos importa. La diversidad de nuestras amistades, el tono de la conversación, la capacidad de escuchar y de exigir colaboración a quienes nos representan: todo ello puede amortiguar la lógica de bloques y ensanchar los espacios de entendimiento.
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Nota metodológica: Las preguntas para la elaboración del Atlas de la polarización en España (2025) fueron incluidas en una encuesta que abordaba también otros temas de actualidad. El trabajo de campo se llevó a cabo entre el 31 de octubre y el 9 de noviembre de 2025, dirigido a un universo formado por la población residente en España mayor de edad con derecho a voto. La encuesta se administró mediante entrevistas online (CAWI). Para garantizar la representatividad, el diseño incluyó cuotas de género × edad, así como cuotas por tamaño del municipio, Comunidad Autónoma e ingresos del hogar, definidas a partir de las distribuciones poblacionales del INE. El margen de error orientativo al 95% es de ±1,97 puntos porcentuales, estimado a partir del tamaño muestral efectivo tras ponderación. En encuestas de panel online, este valor debe entenderse como una referencia aproximada bajo el supuesto de muestreo aleatorio simple.
Bao, L., & Gill, J. (2024). A nonparametric entropy-based measure of mass political polarization. Political Science Research and Methods, 12, 821–840.













El estudio deja claro que España no está tan rota como parece, ya que la gente aún convive y se mezcla. La polarización real se concentra más en la política y el ruido mediático que en la vida cotidiana.
Excelente trabajo!! Muchas gracias por compartir